Humanos reemplazados por robots - ¿Y quién consumirá?...

Uno de los debates más apasionantes que se abre espacio en las reflexiones sobre el nuevo paradigma global, apoyado en el exponencial desarrollo científico-técnico y la creciente robotización de la economía, es el del mantenimiento de la demanda.

No es necesario acceder al nivel intelectual de Kicci ni de CK para advertir que, como ya lo anticipara Carlos Marx hace más de un siglo y medio, la ganancia de todo proceso económico se “realiza”, es decir se concreta en un excedente cuando el producto llega al consumidor. Éste está dispuesto a “pagar” por él y esa suma que abona alimenta toda la cadena productiva previa a ese acto final. Sin el consumidor no hay economía.

El consumidor, a su vez, en las sociedades industriales capitalistas o post-capitalistas obtiene el dinero para pagar por el producto y permitir la realización de la ganancia, de su salario. Todo un capítulo de la ciencia económica, relacionado con la sicología, la estadística, la publicidad, etc., está dedicado a estudiar el comportamiento del consumidor, cuya existencia es a la vez la etapa final del proceso productivo y la piedra basal de toda la estructura económica.

Pues bien: ¿qué ocurriría si el consumidor desapareciera? ¿Podría esto ocurrir?

Los fantasmas del reemplazo de los trabajadores por instalaciones robotizadas se agita desde hace varias décadas, a la luz de la implantación de máquinas que realizan trabajos repetitivos reemplazando a la primitiva “mano de obra” industrial, cuyas condiciones de trabajo eran duras. Sin embargo, el proceso de recambio era lento y limitado, con tiempos que podían medirse en décadas –y hasta en generaciones-.

Esa lentitud daba tiempo para el surgimiento y el adiestramiento de una nueva fuerza de trabajo en nuevas actividades que surgían en los nuevos escenarios, no sólo en los servicios sino en las cadenas productivas para fabricar, manejar y mantener de las nuevas máquinas, estadio industrial que algunos denominaban “departamento I”.

La revolución de la Inteligencia Artificial trae una novedad que no se refiere sólo al conflicto de transición entre una y otra modalidad de trabajo, sino que avanza sobre la mayoría del trabajo humano.

Sistemas expertos y robots –con o sin apariencia humana-, equipados con poderosos sistemas de Inteligencia Artificial, reemplazan etapas tradicionalmente servidas por trabajadores de servicios, como comercio, financiamiento, transporte, pero también educación, medicina, cuidado de enfermos y personas con discapacidades, mesa de entradas de empresas, conserjes hoteleros, recepción de huéspedes, etc., etc., etc.

Este cambio es, además, crecientemente acelerado en razón de otra característica del cambio que estamos viviendo: la rápida impregnación social, virtualmente en tiempo real. Si el teléfono tardó en masificarse alrededor de treinta años, la radio en veinte, la televisión en diez, las computadoras en cinco, y cada nueva “aplicación” de Internet lo hace en horas. Similar tendencia sigue la incorporación de capacidad de cómputo, inteligencia artificial y robótica a cada vez mayor cantidad de actividades de la vida cotidiana.

El tema no ha pasado desapercibido para quienes intentan indagar las tendencias de los próximos años y una de ellas es la que surge del interrogante del título: ¿Y si nos quedamos sin consumidores?

Una fábrica china, Changying Precisión Technology Company, afincada en Dongguan, acaba de informar que reemplazará seiscientos trabajadores por sesenta robots. Ha decidido automatizar totalmente su actividad.  Logrará incrementar el 250 % su producción, con cinco veces menos de fallos. Pero no acaba allí: la información da cuenta que se trata del primero de los proyectos de un “master plan” cuyo objetivo es automatizar totalmente una región entera de China, donde se encuentra la empresa. Se trata de la región de Shenzhen.

¿Es un tema que no nos afecta? Si pensamos así, erramos. El mundo actual está interconectado en tiempo real y nada que ocurra en cualquier lugar del planeta deja de afectarnos. El ejemplo más acabado lo presenta el precio de la soja, nuestro principal –y casi único- producto de exportación, que por la disminución de la demanda china ha reducido su precio a mínimos casi históricos, afectando de esta forma no sólo a los productores de soja, sino a toda la economía nacional –y desde allí, a la política, a los problemas sociales, a las posibilidades de desarrollar infraestructura, a la posibilidad de pagar deuda, etc-.

En mi libro "¡La que se viene! - El futuro nos arrastra" (http://www.amazon.com/dp/B0147R0G64)
analizo este –como otros- nuevos problemas de la nueva agenda. Vale la pena reclamar a la dirigencia nacional que coloque el tema en agenda. Aunque hoy nos parezca tapado por rimbombantes temas cotidianos, estamos montados en su dinámica. Ignorarlo es la peor de las alternativas.

Ricardo Lafferriere




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